Alena: nuestro nuevo proyecto en Bookfunding

En Bookfunding MX continuamos con nuestra misión de publicar a jóvenes autores promesas del mundo de la literatura; así pues, hoy queremos presentarte “Alena” escrita por Héctor J. Valdéz, nuestro más reciente proyecto de crowdfunding. 

¿Quién es Héctor J. Valdéz? 

Imagen de Héctor J. Valdez.
Héctor J. Valdez, autor de “Alena”.

Héctor es diseñador gráfico y escritor; egresado de la Facultad de Arte y Diseño de la Universidad Nacional Autónoma de México. Le gusta pasar tiempo con su familia y amigos, salir a caminar al parque o simplemente, pasar el rato en casa leyendo un buen libro. Anteriormente ha publicado algunos cómics y ahora está buscando publicar su propia novela titulada “Alena”. Aquí te dejamos su página en Facebook y su página en Amazon, por si quieres adquirir alguno de sus cómics. 

¿De qué trata “Alena”?

Esta novela sigue la historia de Álex, un muchacho que acaba de entrar a la licenciatura y se encuentra como cualquier otro novato en su primer día de clases. Ahí conocerá a Alena, una muchacha que cautivará su corazón desde la primera clase y, a lo largo de los próximos años, Álex se dará a la tarea de conquistarla ¿Podrá lograrlo?

Con esta novela, el autor mostrará el camino de un pequeño adulto muy confundido en el mundo del amor, una posición en donde todos nos hemos encontrado alguna vez; y te dará una realista de concebir las relaciones amorosas, especialmente en lo que se refiere a madurar cuando se quiere a alguien. 

¿Recuerdas tu primer amor en la universidad? ¿Cómo fue? ¿Te trae buenos o malos recuerdos? Seguro que con “Alena” recordarás aquella experiencia y te sentirás identificado con los personajes. 

No olvides apoyar nuestra campaña de crowdfunding en MiCochinito.com, puedes contribuir con cargo a tu tarjeta de crédito/débito, transferencia bancaria, Paypal y pago en OXXO. Y para que no te quedes con las ganas de probar un poco de la historia, a continuación te dejamos un preview.

“Alena”

CAPÍTULO I:

 Álex miraba de manera alternada la pizarra y la hoja de papel que reposaba sobre su mesa. El lápiz que sostenía con la mano derecha chocaba una y otra vez contra su pierna mientras su mente intentaba asimilar las palabras escritas en diferentes colores. Sabía que el primer día en la escuela siempre era difícil, sin embargo, hasta ahora las clases habían ido mejor de lo que esperaba.

—¿Qué pusieron en tu hoja? —preguntó Ian a Álex con insistencia al tiempo que se esforzaba por ver las anotaciones.

—Nada especial —respondió él—. Cosas normales como: buena onda.

—Mira el mío, me pusieron que me creen lindo—. Presumió Ian colocando el dedo justo debajo de la palabra.

—¿Lindo?

 —¿Te sorprende?

—Sin comentarios —dijo Álex riendo y tomó la hoja de Ian para asegurarse que sus palabras fueran ciertas. Efectivamente, una de las palabras escritas con tinta azul y con letra que claramente pertenecía a una mujer decía «lindo».

—¿Y la tuya Daniel? —preguntó Ian girando la cabeza a su lado izquierdo para verle de frente.

—Creativo, inteligente, gentil, de buen corazón —respondió orgulloso de sus resultados.

—¡Cálmate!, y yo que pensé que el don juan había sido Ian, eres el Guapote Daniel —exclamó Álex.

—¿Qué pasó con el Guapote? —comentó un chico sentado en la banca detrás de ellos, metiéndose a la conversación con una sonrisa gigante. Los cuatro rieron.

—Daniel anda de rompecorazones con las chicas, mira su hoja —aclaró Ian mostrándole el resultado de Daniel.

—¡Wooow!, eso es todo Guapote Dan ¡Mira no’más! Sólo te falta crear una página de fans. Soy creativo, inteligente, gentil y de buen corazón. Soy…, silencio de suspenso, Dan; el Guapote Dan, sígueme en todas mis redes sociales.

—¿Y a ti qué te pusieron? —preguntó Ian. El chico afinó la garganta y mostrando su hoja leyó con voz gruesa.

Percibo a mi compañero Noam como alguien: amigable, deportista, ingenioso y cool.

—¡Cool! —se burló Álex—. ¿Quién escribió cool?

—Soy cool papá, que no te dé envidia. A las mujeres les gustan los hombres fuertes con piel obscura candente, como yo —dijo alzando los brazos mostrando los bíceps y pasando una mano por su cabeza rapada—. ¿A ver tu hoja? — preguntó dirigiéndose a Álex.

—No tiene nada fuera de lo normal —respondió decepcionado. —¿Cómo no? A ver —insistió Noam y tomó la hoja de Álex—.

Percibo a mi compañero Álex como alguien: tranquilo, inteligente, buena onda.

Noam guardó una pequeña pausa —¡No está nada mal! —agregó.

—Tal vez no; pero no se compara al ardiente y sensual guapote Daniel —intentó disimular Álex.

—Bueno, no. Nadie puede competir contra el Guapote.

La clase terminó. Álex recogió su cuaderno, lo metió con lentitud en su mochila y salió del salón. Al cruzar la puerta suspiró y miró a su alrededor: el cielo ya se había oscurecido y se sentía el aire frío que se era reforzado por el aspecto blanco de las losetas en el pasillo, como nieve para una mente distraída como la de Álex. Extrañamente, al mismo tiempo podía sentirse cierto calor en los murmullos de la gente que salía de sus aulas.

—¿Alguno de ustedes va a la estación? Puedo llevarlos si quieren —ofreció Noam mostrando las llaves de su auto.

—Yo sí —respondió Ian—. Con eso que mi pueblo queda al otro lado del mundo cualquier aventón es bueno.

 —¿Ustedes? —volvió a preguntar Noam con una sonrisa.

—Yo no, gracias —dijo Álex.

—Yo tampoco —le siguió Daniel—. Se van con cuidado.

—Bueno, entonces nos vemos mañana chicos —se despidió Noam.

—¡Nos vemos!

Noam e Ian se dirigieron a las escaleras y bajaron. Daniel y Álex fueron tras ellos de manera más lenta; pero en vez de doblar a la izquierda siguieron a lo largo del pasillo y entraron al baño.

—¿Qué te pareció el día? —preguntó Daniel mientras ambos usaban los mingitorios.

—Bien. Chido —respondió Álex extrañado y titubeante, pues no estaba acostumbrado a tener pláticas mientras orinaba—. ¡Te llevaste toda la atención! —continuó dejando a un lado su primer pensamiento.

—¡No era mi intención! —respondió riendo. Daniel terminó y se dio la vuelta para lavarse las manos. Álex se apresuró para alcanzarle, subió la bragueta de su pantalón y tomó un poco del jabón líquido verde que estaba colocado junto al espejo.

—Pero, aun así, lo hiciste. Escuché que a nadie más le escribieron nada parecido.

—Sí, bueno. Para ser honesto el día de hoy salió mejor de lo que esperaba. Por lo regular los primeros días son más difíciles.

—Estaba pensando lo mismo. Creo que al menos fue muy fácil hablar con Ian, y… el otro chico que no recuerdo su nombre

—Noam.

—Sí, él —ambos salieron del baño y comenzaron a bajar las escaleras—. Soy Álex, por cierto.

—Daniel. Aunque ya te habías presentado.

—¿Ah sí?, bueno, no está de más. ¿Vives lejos Daniel? —preguntó Álex dejando el último escalón detrás y sumergiéndose en la oscuridad del jardín que los llevaba hasta la entrada.

—Cerca. Me voy caminando derecho y paso a la tienda de mi madre. Luego la espero y nos vamos juntos.

—¿No te da miedo caminar a estas horas solo? Casi no hay alumbrado público por ahí.

—No, ya me acostumbré. Toda mi vida he estado aquí. ¿Tú vives lejos?

—No, realmente no. Pero, si hay tráfico me puedo hacer hasta una hora y media de camino.

—Eso si es bastante, ¿cómo te vas?

—Por la avenida. Creo que también me podría ir caminando derecho hasta el gimnasio y tomar un camión que me deje en la Alameda Sur.

—Buenas noches —dijo cordialmente Daniel al vigilante de la entrada.

—Buenas noches —le imitó Álex y el hombre les respondió con una sonrisa. Ambos se detuvieron una vez que cruzaron el portón.

—Sale, te vas con cuidado Álex —se despidió Daniel estirando el brazo.

—Nos vemos, y perdona si te vuelvo a preguntar tu nombre los próximos días, no soy muy bueno con eso —contestó Álex. Daniel asintió y levantó el pulgar. Luego caminaron en direcciones contrarias.

Álex anduvo lentamente observando las sombras que producía el alumbrado público al chocar con los árboles que adornaban la banqueta. Aquél primer día superó sus expectativas. Había conocido a varios de sus compañeros y, para su sorpresa, la mayoría eran bastante accesibles y amables. Por supuesto, el resultado de la encuesta de percepción no era el que esperaba, pero tampoco era negativo. No había hecho nada que lo dejara en ridículo e incluso, las materias las había disfrutado más de lo que hubiera imaginado. La clase de Dibujo había sido su favorita y de tan sólo imaginar que el resto del semestre podría ser igual una sonrisa salió de su rostro. Ahora sólo faltaba llegar a casa y descansar. Álex se detuvo en la esquina de la escuela, justo en la parada del autobús. Estiró las piernas moviendo sus tobillos, inclinó la cabeza a un lado, luego al otro, permaneciendo de pie bajo la luz blanca intermitente del paradero, rodeado por la oscuridad de la noche que apenas y se veía interrumpida por una ventana que era cerrada al otro lado de la acera. El silencio externo era el reflejo perfecto de su mente, pues sus pensamientos mismos se encontraban ahora apagados, quizá intentando hallar el equilibrio entre la satisfacción de aquél primer día y el temor de lo que habría por venir. Después de todo, ahora se encontraba en la universidad; la culminación de los años anteriores de estudio y el paso final antes de poder llamarse así mismo un hombre.

—Hola —dijo una voz femenina por detrás.

—Hola… —respondió volteando sin estar seguro si el saludo había sido para él, sorprendiéndose al encontrar a dos jóvenes de su edad que, aparentemente, habían estado caminando a sus espaldas sin que él lo hubiera notado. Una de ellas era alta y delgada, tez clara, anteojos y cabello quebrado; atractiva para los ojos de Álex. La otra, de estatura más baja, tenía el rostro redondo, piel con tono medio, cabello lacio oscuro y un cuerpo más curvo que el de su compañera.

—Hola —repitió la chica de baja estatura—. Tú vas con nosotras, ¿no? —Álex tardó un momento en entender la pregunta, pues aún seguía desconcertado por haberse creído erróneamente sin compañía.

—¡Ah, sí! Con el profesor de creatividad, ¿no?

—Sí, ese mero —dijo otra vez la misma chica con alegría. Aparentemente su amiga era un tanto más tímida, pues permanecía en silencio aún con el rostro semicubierto por las sombras de la noche.

—Creo que íbamos en la misma preparatoria —dijo al fin la joven delgada sonriendo. Álex recordó que el profesor les había preguntado en dónde habían cursado el bachillerato.

—¡Sí! En la que está cerca de la Alameda Sur, ¿cierto?

—Sí —continuó la chica del cabello lacio—. Aunque nunca te vimos por ahí.

—Ah, pues yo siempre cursé en el turno vespertino, ¿ustedes? —preguntó entusiasmado, quizá aquella podría ser una oportunidad de salir con la chica de los anteojos.

—Las dos íbamos en la mañana— dijo nuevamente la chica morena.

—Sí, de hecho, nos queremos cambiar de turno —completó su amiga.

—¿Por qué?

—Salimos muy tarde, ¿no crees? —continuó la de lentes.

—Supongo, pero a la vez está padre —afirmó Álex. En ese momento las luces del camión se hicieron presentes y Álex estiró el brazo para que se detuviera, desilusionado por su mala suerte con las mujeres—. Em, bueno, me voy en éste —dijo él despidiéndose al tiempo que sonreía apretando los labios.

—Nosotras también —dijo la chica de baja estatura con una sonrisa. Álex sonrió de vuelta con una felicidad genuina, apartándose junto a la puerta para dejarlas subir primero.

—Buenas noches —saludó la chica de baja estatura al chofer y pagó su pasaje. Álex imitó su ejemplo.

—¿Les parece bien atrás? Para sentarnos juntos —indicó Álex. Los tres caminaron guardando el equilibrio hasta llegar a la última fila de asientos, que se encontraba vacía, y se sentaron de manera continua, quedando Álex junto a la joven morena de cabello lacio mientras que la chica alta de lentes permanecía del otro lado, junto a la ventana—. Deberían darle una oportunidad a la tarde. En la preparatoria siempre se ponía bueno el ambiente después de las siete —insistió él—. ¿Llegaron a estar en las posadas navideñas?

—No… pues, sólo ponían adornos, ¿no?

—¡No! En la noche prendían luces y regalaban ponche, y había un recorrido… creo que no recuerdo muy bien eso. ¡Pero había ponche gratis! ¡Y no había clases, y era genial!

—Tal vez yo sí me quedo, y si no me gusta me cambiaré en el próximo semestre —dijo la de baja estatura.

—Pues… —dudó un momento la chica de lentes. Tanto Álex como su amiga cruzaron miradas de complicidad, observándola fijamente a modo de ruego—. Ok, lo haré.

—¡Eso! —gritó Álex en voz alta sorprendiendo a la gente del vehículo. Un par de personas voltearon la mirada con desaprobación—. ¡Eso…! —dijo ahora susurrando y chocó las manos con las dos chicas—. Soy Álex, por cierto.

—Emma —se presentó la joven de lentes.

—Alena —dijo la otra.

—Alena. Es un buen nombre —repitió Álex percatándose del extraño brillo de color verde que despedían sus ojos al ser tocados por la iluminación escasa del vehículo.

—Gracias, mucho gusto Álex.

—Mucho gusto Alena —sonrió él mientras el autobús continuaba su recorrido en medio del alumbrado nocturno de la ciudad.

CAPÍTULO II:

—¿De qué me perdí? —preguntó Sarah con discreción mientras se sentaba al lado derecho de Álex. Sin embargo, al arrastrar la silla para sentarse alertó a todos los estudiantes del salón. El profesor volteó disgustado, reanudando después de un momento su discurso. Álex le dirigió una sonrisa forzada y movió la cabeza de manera negativa. La manera en la que ella se desenvolvía no podía pasar desapercibida.

—Pero si vives a cinco minutos Sarah, ¿Ahora por qué llegaste tarde? —dijo Álex levantando de manera discreta el cuaderno de notas para evitar que el maestro los observara, cubriéndose también con el cuerpo de la persona sentada frente a él.

—Oye, no es mi culpa, yo me levanté y no estaba lista mi ropa interior, así que mejor me puse mi tanga sexy —se justificó Sarah apoyando su codo en el escritorio y la otra mano sobre sus glúteos. Álex miró arriba con cierta incomodidad. A diferencia suya, ella tenía una mentalidad en exceso liberal. Si bien era cierto que Sarah era una mujer atractiva, Álex le recordaba continuamente que era mejor actuar con modestia.

—¿Te desvelaste viendo anime? —preguntó él cambiando rápidamente el tema.

—Me desvelé viendo anime —reconoció ella colocando ambas manos sobre el rostro decepcionada de sí misma. Álex la vio con agrado. A pesar de todo, Sarah muchas veces actuaba de manera infantil.

—Estás consciente que la clase comienza a la una de la tarde, ¿no? A estas horas ya deberías haber despertado y hecho tarea —sonrió.

—¿Y tú qué hiciste el fin de semana? —se excusó Sarah con su característica sonrisa, siendo ahora ella la que cambiaba el punto de la conversación.

—Nada especial. Comí con mi familia.

—¡Qué bonito! Ya tiene mucho que no veo a mis hermanos.

—Cierto —dijo Álex recordando la complicada situación familiar de Sarah.

Ella sacó su cuaderno y se asomó en los apuntes de Álex, entrecerrando los ojos para poder hallar un orden en los garabatos de su amigo.

—Estaba hablando de las tipografías que debemos aprendernos esta semana, la mayoría son de tradición romana.

—Hola, Sarah —interrumpió Ian, quien estaba sentado a la izquierda de Álex, asomándose para poder verla.

—¡Hola, Ian! —respondió Sarah.

—Hola, Sarah —dijo Alena desde la fila de atrás.

—Hola, Alena; hola, Emma; hola, Lu, ¿cómo están?

—Muy bien —contestó Alena tomándose su tiempo para pronunciar cada palabra y haciendo un énfasis en la última. Álex giró el rostro mirando a Emma a los ojos y le dedicó una sonrisa, ella le correspondió.

—¡Chicos! por favor —alzó la voz el profesor con una mirada seria— ya no están en edad para que tenga que pedirles que guarden silencio —Álex, Ian, Sarah y Alena agacharon la mirada.

—Perdón —respondió Sarah. Tomó su pluma y comenzó a tomar apuntes. Álex levantó nuevamente su cuaderno, burlándose de manera silenciosa de Sarah.

—Llegas tarde y en menos de un minuto ya te regañaron como niña pequeña, Sarah —susurró Álex.

—No me distraigas —dijo ella en voz baja.

Álex salió del salón y estiró los brazos hacia arriba bostezando. Detrás de él salió Sarah y lo abrazó. La relación entre ambos se había ido estrechando de manera natural, Álex visitaba continuamente a Sarah en su casa; a tan sólo una cuadra de la escuela y ella incluso lo había presentado a la familia de su novio. Éste es Álex, mi mejor amigo, había dicho Sarah aquella vez, ocasionándole durante las semanas siguientes un gran temor por la posibilidad de caer en algún tipo de malentendido por parte de Eric, su pareja. Sin embargo, todo parecía estar bien hasta el momento, Eric había resultado ser una persona bastante tranquila, inclusive para que Álex le pudiera considerar amigo suyo, si es que también estudiase con ellos.

—¿Entonces no habrá clase de historia? —preguntó Sarah soltándolo.

—No, la maestra tuvo que ir al hospital, parece que ya va a tener a su bebé. Si hubieras llegado temprano…

—¡Qué bien, un bebé! —dijo ella y guardó una pausa cambiando de expresión—, aunque a la vez no es muy bueno ¿Llegará algún maestro suplente?

—Supongo, no pueden dejarnos sin clase y no creo que la profesora pueda volver pronto.

—Uy, no, para nada. Ella tiene que tomar sus días de descanso, sobre todo si el parto se adelantó.

—¿Chicos, quieren ir a “La Rocola”? —interrumpió Ian mientras salía seguido de las chicas.

—A mí no me alcanza —respondió Sarah—. Sólo me quedan cien pesos para terminar la semana.

—¿Los gastaste en mangas? —preguntó Álex.

—Cállate —dijo Sarah—. Además, para tu información, esta vez no se me acabó comprando mangas, fue por culpa de la clase de empaque, salieron muy caras las impresiones.

—No te preocupes Sarah, yo te lo disparo —dijo Alena.

—Claro, entre todos podemos cooperar para tu comida, no es problema —afirmó Ian.

—Lo sentimos, pero nosotras iremos con Daniel a tomar las fotografías al parque que está junto al gimnasio —aclaró Emma sonriendo.

—Vamos a aprovechar que aún hay luz —se disculpó Lu mientras se paraba con la punta de los pies para darles el beso de despedida al resto. Emma se acercó a Álex y se despidió de él.

—Bueno, se van con cuidado —dijo Álex.

—Claro, ¡adiós! —dijo ella sonriendo y bajó las escaleras.

—Entonces seremos únicamente los cuatro —puntualizó Ian.

—¿Invitaste a Noam? —preguntó Álex.

—No, él estaba ocupado con Amanda y Sam.

—¿Amanda y Sam? —preguntó nuevamente Álex.

—Sí, Amanda y Sam, las chicas que regularmente vienen muy arregladas — contestó Sarah.

—No, ni idea de quién hablas.

—Tienes tan mala memoria como Teo —completó Alena sonriendo, pero Álex le dedicó una expresión de desconcierto—.

—Teo, buena onda, cabello corto y barba, a veces medio cínico —Aclaró Ian.

—Ya lo ubicarás después —comentó Sarah mientras tomaba la delantera para dirigirse a las escaleras.

Los cuatro salieron de la escuela y cruzaron la calle. La selección musical que colocaban en “La Rocola” siempre alzaba el ánimo de Álex. Los dueños eran dos personas mayores que contaban con la ayuda de sus sobrinos, quienes aparte de carismáticos eran bastante permisivos al momento de acomodar a sus recién adquiridos clientes habituales, dejándoles mover con libertad las sillas y juntar las mesas cuando una no era suficiente para recibirlos a todos. Además, la ambientación retro del restaurante recordaba a las películas de Volver al Futuro, películas de las que, tanto Álex como Ian, disfrutaban conversar.

—¡Están buenas! —exclamó Sarah cuando por fin dio un mordisco a su comida.

Ella y Álex habían pedido una orden de papas fritas para ambos y una hamburguesa de queso cada uno. Ian tenía en sus manos un hotdog gigante y Alena había preferido una hamburguesa de doble carne. Ninguno respondió al comentario de Sarah, pero ella no se sintió mal. Álex, miró a sus amigos de manera disimulada. Aquél era un momento que deseaba recordar. Ian, como siempre, fijaba su atención en la ambientación del restaurante, en los vasos de vidrio impresos con el clásico rojo Coca-Cola, y en los carteles que colgaban de la pared; Sarah, por otra parte, no separaba la vista de su hamburguesa, al tiempo que pocas veces se detenía para sonreír mientras tomaba un sorbo a su refresco de manzana o apartar el fleco de su frente. En conjunto, el escenario de una reciente pero afectuosa amistad. Álex, sin embargo, tardó un momento más amplio para observar detenidamente a Alena, quien comía con tranquilidad mientras reía ante los comentarios esporádicos de Sarah. La forma poco común de su rostro, un tanto redondeado, pero con nariz fina que le transmitía cierta inocencia y ternura. Su frente era tal vez demasiado amplia, aunque eso acentuaba también sus pequeñas cejas y sus ojos color miel, los cuales brillaban con tono verde dependiendo el color de la luz que les alumbraba. Su cuerpo, cubierto con una sudadera gris unas cuantas tallas más grandes, no salía del promedio de una chica de su edad, pequeño y con caderas, sin ser llegar a ser atlético ni tampoco excedido de peso, simplemente sano. Ahora ella se había recogido el cabello, dejado un fleco al frente que cruzaba muy cerca de sus pestañas, y sus orejas ostentaban dos grandes aretes que imitaban las plumas de un pavo real. En resumen, no era el rostro, ni la estatura, ni el cuerpo que Álex tendiera a alagar. Empero, la empatía que reflejaba era lo que lo impulsaba a llamarla su amiga.

—¿Qué canción quieren que ponga? —preguntó Ian sacando unas cuantas monedas de su pantalón.

—Escoge tú, pero algo nuevo, siempre pones las mismas canciones —dijo Álex.

—Vamos entonces.

—No, está muy lejos, ve tú solo.

—Yo te acompaño —se ofreció Alena. Ambos se levantaron de sus asientos, caminaron al otro extremo del establecimiento y comenzaron a buscar diferentes canciones en la vieja rocola, artefacto que el dueño del establecimiento mostraba siempre orgulloso y por el cual también había sido bautizado el lugar. Sarah notó la mirada pensativa que Álex ponía mientras comía su postre.

—¿Qué pasa? —preguntó ella.

—Nada, sólo espero que no vuelva a poner una canción de los Beatles.

—Ah, ¿ya ves?, debiste acompañarlo.

—Confiaré en el juicio de Alena —contestó él. “Take on” me comenzó a sonar en las bocinas del lugar, provocando una sonrisa en el rostro de Sarah.

—¡Bien!, esa canción me encanta —gritó Sarah mientras Alena e Ian se sentaban nuevamente.

—Es genial, ¿no? —comentó Alena—. Ian quería poner a los Beatles de nuevo, pero lo convencí.

—Nos has salvado y estamos agradecidos —dijo Álex colocando ambas manos en el pecho.

—Oye, oye, pero los Beatles son lo mejor que puede haber en este mundo —le contradijo Ian mientras apartaba de su boca su malteada con brusquedad, ocasionando que su voz saliera cortada.

—¿Fuiste al concierto de noviembre? —preguntó Alena.

—¡Oh!, claro que sí. Cuando vi a Ringo le pedí que fuera el padre de mis hijos.

—¿En serio lo hiciste? —se sorprendió Sarah.

—Ah, no. Sólo compré una de sus playeras y me dio su autógrafo. Pero fui feliz cuando escribió mi nombre. Para mi amigo Ian, decía exactamente.

—No seas naco —dijo Álex riendo.

—No soy naco, simplemente soy un verdadero fan.

—Lo que tú digas —Ian dio otro sorbo a su malteada y Álex le imitó tomando la cuchara y sumergiéndola en su helado de plátano con chocolate.

—En serio, si por mí fuera tendría bocinas en toda mi casa para escuchar en todo momento a los Beatles. Beatles todo el día y en todas partes —continuó Ian.

—¿Y por dónde vives Ian? —preguntó Alena.

—Uy, bastante lejos. Cerca del cerro de la Luna —Ian hizo una pequeña pausa y luego sonriendo continuó—. Deberían ir todos, un día de éstos.

—¡Suena bien! —dijo Sarah.

—Va —dijo Alena.

—¿Les gusta el karaoke? —preguntó Ian—. Porque podría invitarlos al karaoke. El muchacho que les estaba atendiendo se acercó con los postres de Sarah, Alena e Ian, dejándolos sobre la mesa.

—Muchas gracias —dijo Sarah con una sonrisa tal que provocó que el chico se sonrojara.

—En verdad que amo este lugar —dijo Ian mientras se llevaba a la boca una cucharada de su helado de chocolate con galleta.

—Sí —hizo segunda voz Alena y tomando su cuchara le robó un pedazo a Ian—. ¡En verdad está muy bueno!

—¿Qué te sucede? —exclamó él riendo e inmediatamente se vengó haciendo lo mismo con su helado de durazno.

—¡Oye! —se quejó Alena y le dio una pequeña palmada en el hombro.

—¿Qué? tú empezaste, únicamente estoy tomando de vuelta lo que me robaste.

—Déjame o te muerdo —dijo Alena lanzando una mordedura al aire.

—Déjame o yo te haré cosquillas —Sarah rió, aquella escena le recordaba a Eric. Estaba segura que ellos dos podrían llegar a hacer una bonita pareja. Sin embargo, para Álex todo ello resultó, sorpresivamente, un tanto incómodo. Todos se levantaron de sus asientos procurando dejar la mesa lo más limpia y ordenada posible. Ian había insistido en retirarse temprano, puesto que era quien más se tardaba en llegar a su hogar y le disgustaba grandemente viajar de noche en el transporte público. Caminaron a la esquina de la escuela, apresurándose para partir antes de que el sol terminara de ocultarse.

—Lo siento chicos, pero ya ven las desventajas de estar tan lejos, prometo un día invitarlos a todos —dijo Ian.

—No te preocupes, te vas con cuidado —respondió Álex. Ian subió a su transporte y se despidió de ellos desde la ventana. Levantando su brazo con cuidado debido a la congestión de personas que se encontraban a su lado. Al perderlo de vista, Sarah giró y abrazó a Alena.

—¡Te quiero Lina!

—Yo también te quiero Sarah.

—Ven Álex, únete al abrazo grupal —dijo Sarah y estiró su mano hasta que él la hubo tomado, abrazando a ambas al mismo tiempo con sus largos brazos.

—Se van con cuidado y me avisan cuando lleguen a sus casitas —se despidió Sarah.

Alena y Álex subieron al mismo camión y se sentaron juntos sin hablar entre sí durante un par de minutos, reposando en el descubrimiento de unas semanas atrás cuando, mientras él intentaba acercarse a Emma, se habían percatado que vivían a únicamente dos cuadras el uno del otro; ocasionando que desde ese momento ambos se esperasen mutuamente al terminar las clases para regresar juntos la mayoría del tiempo. Él la acompañaba caminando a la esquina de la calle donde vivía y de ahí continuaba andando hasta llegar a su casa.

—Me gustó el día de hoy, fue divertido —dijo ella con un bostezo. Álex no contestó de manera inmediata, sino que se limitó a mirar hacia al frente, viendo subir a la gente de forma ordenada al camión. Intentaba repasar en su mente los sucesos del día, acto que comenzaba a volverse costumbre como un intento por atesorar cada uno de los momentos que consideraba agradables y significativos.

—Sí, fue divertido —dijo aún con la vista perdida—. No sabía que… —Al voltear, se dio cuenta que Alena se había recostado sobre el cristal y se encontraba dormida. Él la miró en silencio mientras el camión avanzaba, su respiración era lenta y constante. Fijó su mirada en sus aretes y, al seguir la forma de las coloridas plumas que colgaban de sus orejas pequeñas, observó su cuello, delgado, frágil y cubierto de diminutas protuberancias resultantes del frío. Luego sus ojos siguieron bajando percatándose de la forma en que la blusa blanca que llevaba iluminaba sus clavículas, desapareciendo entre los pliegues de la enorme sudadera gris. Desvió la mirada a sus labios. Delgados y sin maquillaje, pero aun así con una coloración bastante rojiza. El camión pasó por un bache y se movió de manera brusca. Ella alzó su mirada con desconcierto. Él rápidamente fingió estar sacando un libro de su mochila.

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Jorge Montiel Romero

Director at Bookfunding MX
Soy un joven autor con una fascinación por la ciencia ficción. Mi deseo es ver que otros autores como yo, puedan cumplir su sueño de publicar sus historias.

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